jueves, 23 de enero de 2014

Y en ese momento juro que éramos infinitos

Ir por la calle atenta a tus cosas. A tu madre que no para de escribirte por whatsapp diciendo que te ha dejado la comida en el microondas, a tu amiga que por decimoquinta vez se ha peleado con su novio, al revoltijo de cables que se ha formado en tus cascos. Pero algo te incita a mirar hacia delante. No es una piedra, ni esa mariquita tan graciosa que intenta escalar por la acera de la calle. Es algo más. No tiene color, no sé cómo puede ser eso posible, pero no lo tiene. Sin embargo se encuentra cerrado en una pequeña cajita. Esta cambia de color según quién la posea. A veces es azul, otras verdes, y otras marrón. Mis cajas preferidas son las de color miel y las negras. Las negras me transmiten una sensación de vacío pero, a la vez, si me quedo fija mirándola, de pronto, soy infinita. No como un cociente con denominador cero, no. Simplemente me siento así por una milésima de segundo. Infinita en el tiempo, y en el espacio. Atravieso el Universo en un segundo y de nuevo estoy ahí, en frente de esa cajita.

Ese algo encerrada me está gritando. Al principio no la escucho muy bien. Necesito acercarme un poco más para saber lo que trata de decirme. Esto no me supone un gran esfuerzo. Es como si mis ojos fueran el polo negativo y la caja esté llena de protones estimulándome a que me acerca cada vez más, que abra la caja y vea finalmente lo que hay dentro. Nada más dar un paso hacia delante, la voz se escucha clara, nítida. De pronto mis pupilas se dilatan. No sé por qué, yo no lo controlo. Ni siquiera sé aun lo que me está diciendo, pero mi subconsciente si debe de entenderlo. Cuando te das cuenta te has perdido en el interior de esa caja. Aunque parezca pequeña, tiene mucho que esconder y seguramente me cueste unos días visitar todos sus rincones. De pronto me encuentro con ese extraño ser, el habitante de la caja negra. Se sobresalta un poco, es normal, no todo el mundo irrumpe en su hábitat de forma tan brusca. Pero mantengo una agradable conversación con él. Sobre el futuro y sus infortunios. Sobre ese negro tan particular que recubre la caja y ¿sabéis qué? Me ha dicho el secreto. No sé si conocéis los agujeros de gusanos. Básicamente los agujeros de gusano son un atajo a través del espacio y el tiempo. Ahora ya entiendo esa extraña sensación, el sentirme infinita en esa milésima de segundo. Antes de marcharme le he dejado un recado. Le he dicho que no me olvide nunca y que la próxima vez que nos encontremos sea para recorrer el Universo juntos por los agujeros de gusano de su caja. Que no creo que me quede a dormir pero que gracias por la invitación. No se me ha ocurrido nada más para decirle.

Entonces, sigo mi camino pensando que quizás nunca hable con la persona con la que acabo de tropezar por la calle pero sí me ha dado tiempo de mirarle esos bonitos ojos, esas pequeñas cajas que protegen un extraño ser. La esencia, la chispa, llámalo como quieras. 

El caso es que me ha parecido fascinante entrar en esos ojos oscuros y ver esa chispa que despierta en mí una curiosidad morbosa que me incita a seguir mirándolo hasta que pase el otoño. O quizás el invierno. Quiero volver a perderme en ellos, hablar sobre lo difícil que está la vida, sobre la impotencia de salir de esos ojos negros y volar hacia donde las golondrinas anidan. Y es que nada puede comparar a estar en el interior de esos ojos. No quiero volver a salir de tus ojos, quiero ser siempre infinita.




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