¿Conoces esa sensación que se te queda cuando se te escapa
un globo, esos que tienen helio en su interior, y ascienden hacia las nubes
hasta que lo pierdes de vista? Aún sigues teniendo la esperanza de que algún
objeto volador, sea el que sea, descienda con él y te lo vuelva a entregar,
para más nunca volverlo a soltar.
Pues bien, sucede que a veces, logro sentirme así. No como
la persona que pierde el globo, sino como el propio globo. Y sí, digo logro.
Aunque parezca una sensación de vacío, donde nada te llena ni nadie te obliga a
quedarte, sientes en ese instante que puedes volar. Ascender como ese globo
hasta Dios sabe dónde. En ocasiones subo tan alto que consigo ver al Principito
regando su flor y girando constante su asteroide. Otras, me siento en una de
las estrellas que forma el cinturón de Orión y admiro cómo el Sol riega de luz
la Tierra.
No se puede igualar a soñar despierto. Y lo mejor de todo es
que en realidad no estás vacío. Al igual que el globo contiene gas, cuando
tienes esa sensación de ingravidez, te inunda un tsunami de escarabajos que
suben por tus entrañas hasta llegar al iris. Notas ese cosquilleo ascendente,
millones de patitas caminando por tu interior, y entonces te das cuenta de que no
eres tú el que hace que te eleves, ni los escarabajos… es la persona que suelta
el hilo.

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